Luchar contra la euforia
martes 13 de enero de 2009 1:00
¿Siguen ustedes la actualidad futbolera? ¿Sí? (menuda pregunta, teniendo en cuenta de dónde venimos...) Pues entonces permítanme un comentario sobre algo que vengo detectando en los medios. Como todo el mundo sabrá (y los culés más, que para eso lo disfrutamos), la trayectoria del Barça este año hasta el momento es impecable: batimos récords, tenemos al mejor jugador del mundo según algunos expertos, el juego es bonito y el entrenador efectivo. Pero es que además, y para reconforte de una afición curada de espantos, parece que la prudencia impera en todos los estamentos de la entidad. Desde el último jugador de la plantilla hasta el presidente, pasando por el cuerpo técnico y la directiva intermedia, nadie se atreve a lanzar las campanas al vuelo y andan todos desconocidos de tan comedidos que parecen.La afición pues como siempre: los hay que ya se ven campeones de todo (incluso cuando vamos últimos en la tabla lo siguen creyendo), los hay que piensan que palmaremos al final, y los hay que creen que esto tiene posibilidades de convertirse en un buen año pero no se atreven a confiarse porque ya han recibido bofetadas en el pasado. En cuanto a la prensa, exageraciones a destajo, como viene siendo habitual desde que el mundo es mundo, pero ya nadie se las toma demasiado en serio.
Siendo así las cosas, me pregunto porqué todo el mundo dice que estamos tan eufóricos, que nos la vamos a meter de tanto mirarnos al ombligo, que celebramos los títulos antes de tiempo... ¿Seguro que es así? ¿Alguien ha dicho en público que seremos campeones sí o sí? ¿No es más bien al revés, que de tanta prudencia nos van a acabar llamando lloricas? En el último Barça-Madrid el público se puso a cantar aquello de "saluda al campeón" (algo lógico por lo ajustado de aquella victoria y además siempre sucede cuando ganamos al eterno rival y vamos primeros) y sólo por eso Salgado ya nos recriminó la prepotencia y nos advirtió que la Liga se nos va a hacer muy larga.
Vale, eso fue una salida de tono general, aunque como digo excusable por las circunstancias. Pero es que no he detectado ningún otro síntoma de euforia generalizada en el ambiente. Como no sea por las tonterías que se escriben en los periódicos, la mayoría de las cuales no se las creen ni sus propios aficionados, no veo yo la dichosa euforia por ningún lado. Alegría contenida tal vez, pero euforia, lo que se dice euforia...
Y a pesar de todo, ¿por qué tengo la sensación de que como al final nos la metamos nos van a restregar por la cara que nos lo teníamos creído y que eso nos pasa por soberbios? ¿Qué hay que hacer para que vean que somos prudentes, si además los mayores elogios suelen venir de los rivales? ¿Quién crea este estado de euforia? Los aficionados con los que hablo no serán...
La gallina de los huevos de oro
jueves 11 de diciembre de 2008 1:00
Pensaba yo ayer que ya era hora que el Madrid se hubiera decidido a echar a Schuster, pues me parecía intolerable que un entrenador se pitorreara de tal modo de su afición y de la institución, cuando caí en la cuenta de que a mí en principio el tema me tenía que importar un bledo. Es más, incluso debería haberme alegrado del asunto, que yo soy del Barça y ya se sabe que las desgracias de los blancos son nuestras alegrías. Pero ni por ésas, oigan: siento una imperiosa necesidad de solidarizarme con los merengues, y diría que hasta me miro con lástima al pobre Raúl, que es el único que intenta mantener el pabellón de la institución a un nivel más o menos digno. Me preocupo por Casillas, tengo ganas de que echen a Calderón y no me termina de convencer la opción Juande.¿Qué diablos me está pasando? ¿Por qué no consigo alegrarme de las penas del enemigo? ¿Por qué no me paso la semana pensando en el clásico de este sábado? ¿Habré madurado? ¿Será cosa de la crisis? ¿Me habrá reprogramado Manu Sánchez desde el telediario de Antena-3 a base de mensajes subliminales y yo sin enterarme? ¿Acaso ya no me gusta el fútbol?
Dándole vueltas al asunto me da que con el fútbol ha pasado lo de la gallina de los huevos de oro: de tanto explotarlo mediáticamente se te pasan las ganas, te desapasionas. Leía el otro día que a La Sexta no le salían las cuentas con la audiencia de los partidos del sábado, por mucho Barça que jugara y por mucho Messi que regateara, y que se estaban planteando pasar estos partidos al domingo por la tarde, ya que comparativamente los números del 'share' son superiores. Francamente, soy de la opinión que están consiguiendo aburrirnos con tanta retransmisión, tanto periódico, tanto programa radiofónico y tanto blog deportivo. El martes mismo ni me acordé de que mi equipo jugaba la Champions y no me enteré del resultado hasta el mediodía del miércoles, cuando vi el resumen por el telediario.
El telediario... ese programa que se basa casi exclusivamente en las informaciones deportivas, con un aperitivo de diez minutillos de política y terrorismo para rellenar la franja horaria... ¿de verdad no se están pasando con tanta exposición mediática? Y claro, rueda de prensa del director deportivo en directo, ves al nuevo entrenador contando que lo llamaron para hacer un café y a mediodía ya estaba fichado, y uno empatiza con la situación. De tanto machacarte con sus líos al final te conviertes en uno de ellos quieras que no, y empiezas a decir que si Florentino patatín, que si la cantera patatán, que si fue un error jugárselo todo al fichaje de Cristiano Ronaldo...
En definitiva, que uno ya no tiene clara su identidad. Tanto ver fútbol por la tele, tanto tragarse tertulias deportivas, tanto anticipar títulos y fracasos, que al final cuando se produce el desenlace pasa como con la bolsa: el mercado ya lo había descontado y ya ni siquiera se saborea el momento. No hay tiempo: hay que centrarse en los fichajes del año que viene. En los nuestros, en los de los rivales, en el mundo del fútbol en general, y un poco de F-1, y algo de Copa Davis, y el pobre Seve, y los dopajes del ciclismo... No sé ustedes, pero a mí ya me cansa. Sí, el sábado iré al campo. Sí, animaré a mi equipo. Sí, me tragaré los resúmenes del día siguiente y leeré lo que dice la prensa, la de aquí y la de allí. Pero si quieren que les diga la verdad, el resultado como que me la trae floja. Al final me miro los partidos como los episodios de "CSI": por obligación moral. Y como con los chicos de Grissom, pues sí, me gusta, pero emocionarme, lo que se dice emocionarme...
Etiquetas: deporte
Somos lo que somos
jueves 16 de octubre de 2008 0:00
La que se ha liado con el cierre del Vicente Calderón por insultos racistas durante la disputa del pasado encuentro de Champions entre el Atlético de Madrid y el Olympique de Marseille. Toda España indignada en lo que se ha tomado como una afrenta directa contra las esencias patrias: vean la portada del Marca de ayer y comprueben cómo la cosa se ha convertido en una cuestión de estado que hay que defender con uñas y dientes, e incluso el presidente Zapatero se ha solidarizado con la situación del equipo colchonero. Los clubs de fútbol ofrecen sus campos como alternativa para el cierre, en una carrera para quedar como el más guapo en la foto contra semejante "injusticia", y el periodismo se rebela con las excusas más peregrinas, algunas de las cuales no tienen desperdicio: que si el delegado de la UEFA enviado al Calderón confundió los gritos de ánimo para el Kun Agüero (¡"Kun, Kun, Kun"!) con los característicos abucheos racistas (¡"Uh, uh, uh!"), que si un periodista francés hizo un calvo desde la tribuna de prensa cuando el equipo galo empató el resultado, que si la han emprendido con el Atlético porque es un pobre club de segunda fila que no se puede defender, que si nos tienen manía y no les bastaba con vetar al Bernabéu...A mí todo esto me parecen milongas, francamente. Está muy bien todo este arrebato rojiblanco pero aquí lo que pasa es que ya nos han sacado los colores en más de una ocasión, y a nadie le gusta verse reflejado en el espejo tal como es. Admitámoslo de una santa vez: somos un país racista, y punto (pregunten a Eto'o o a Roberto Carlos, y alguna cosa les podrán contar al respecto). Y no sólo racista, sino también xenófobo, e incluso entre nosotros: oigan los exabruptos proferidos contra el "catalán" Oleguer, contra los jugadores del Bilbao (de "etarras" para arriba), los ánimos para el jugador serbio Bojan (¡"vete a Yugoslavia!")... Mención aparte merecen las banderitas del pollo, los brazos alzados imitando el saludo fascista y los cánticos de según qué aficiones. Me parece bien que los defensores de la causa patria consideren que el delegado de la UEFA tenía prejuicios o directamente era un ceporro de tomo y lomo (a decir verdad, me parece que no todo el mundo puede llegar a semejante cargo), pero las protestas que se han producido en realidad responden a los clásicos mecanismos de autodefensa hispanos. Aquí ponemos "peros" a cualquier cosa que consideremos injusta, no hay cultura del sacrificio, de la dimisión, de acatar responsabilidades. Y claro, todo son pataletas. Si ya ponemos a nuestro jefe a parir a la que nos alarga cinco minutos el horario laboral o a la que no deja pillarnos un puente de principios de diciembre, si recurrimos por sistema todas las multas de tráfico aun sabiendo que somos culpables, si nuestros políticos pueden meter la gamba hasta arriba y seguir tan campantes en el cargo... ¿cómo cuernos se supone que acataremos cualquier tipo de sanción de manera ejemplar, tal y como harían los ingleses o los franceses?
Finalmente, una pequeña mención sobre los gestos galantes de los otros clubs del país. El señor Laporta, presidente del F.C. Barcelona, se apresuró a llamar a su homólogo colchonero ofreciéndole el Camp Nou en caso de que le clausuraran el campo. Con ello se ha ganado las gracias de todos los atléticos y de medio país, pero como suele suceder en estos casos, se le ha pasado el detalle más obvio: mirar qué opinan los de su propia ciudad. ¿Alguien le ha preguntado al alcalde de Barcelona, a los comerciantes o a los ciudadanos de la Ciudad Condal cómo les sentaría recibir la visita de un montón de hinchas del Liverpool cuyo fin último cuando aterrizan por nuestras tierras es "sol y alcohol"? Demos gracias a la Virgen por atender las plegarias de los barceloneses para que les concedieran la cautelar a los del Atlético...
Etiquetas: deporte, fútbol, racismo, sociedad
Sensacionalismo deportivo
martes 7 de octubre de 2008 0:00
Según el tópico los medios deportivos van de un extremo a otro en función del momento que vive su equipo de fútbol. Lo que una semana es un desastre total se convierte en un juego divino a la siguiente para volver a descender a los infiernos al cabo de quince días; el club que flirtea con las posiciones de descenso pasa directamente a poder ganar todos los títulos que se le pongan a tiro, y los jugadores celestiales se transforman en malditos por un par de malos resultados. La gente se vuelve tarumba pues ya no sabe qué demonios pensar con tantos altibajos anímicos y, como hay que buscar un culpable, acusan a los chicos de la prensa de hinchar y deshinchar globos mediáticos a golpe de portadas hiperbólicas. La cosa tiene su miga porque diría que es la propia afición la que pierde la chaveta sin ayuda de nadie, tal es la necesidad que tienen de proyectar sus deseos y frustraciones sobre los once que visten de corto: que la parienta me ha dejado y el jefe me ha despedido... siempre me quedarán los goles de los míos, ¿no? Que mi hija se droga y mi médico me dice que tengo el hígado destrozado de tanto mamar cerveza... menos mal que les metimos cinco el pasado fin de semana, ¿eh? Y así, jornada tras jornada, vamos llenando nuestra mísera existencia de héroes del balón aupados al olimpo por una simple necesidad de aplicar algo de épica a nuestra experiencia vital.Con todo, me hizo gracia oír ayer en una tertulia radiofónica a Santi Nolla, editor de un periódico que sigue la actualidad del F.C.Barcelona, defenderse del tópico de ir de un extremo a otro con la excusa de que no son ellos los que provocan tales estados esquizofrénicos, sino que es la naturaleza de este deporte por sí sola la que los causa. Perdonen que se lo diga, pero a esto le llamo yo cinismo de alto voltaje. No sólo porque el amigo Santi sabe que esto no es así, ya que incluso las gestas más apabullantes pueden perfectamente escribirse bajo un prisma realista y austero que probablemente relativizaría el 90% de las mismas, sino porque tiene bastante claro que su negocio se basa precisamente en espolear a las masas haciéndoles subir la adrenalina, tanto de euforia como de rabia. Sin emociones extremas no se venden periódicos, y desde hace ya demasiado tiempo el negocio de la prensa deportiva se viste del sensacionalismo más chabacano para conseguir atraer a los lectores, unos tipos que esperan su dosis de titulares y de artículos de opinión incendiarios como si de heroinómanos ansiosos se tratara.
Yo no censuro a la prensa como hace la mayoría. Como he dicho, ellos simplemente ejercen de camellos, suministrando su producto a una clientela ávida de emociones fuertes, y si les funciona el invento bien que hacen aumentando el voltaje de sus elogios y sus críticas. Yo critico directamente al populacho, que después de tantas décadas de chupar portadas, tertulias, retransmisiones histéricas, de asistir al alzamiento y derribo de tantos y tantos héroes con pies de barro, todavía siguen creyendo en los Reyes Magos y se increpan entre ellos usando los mismos argumentos que leen cada día en letras de imprenta a tamaño gigantesco. Tampoco pido que los hinchas se conviertan en filósofos reflexivos, pero en una época en la que la política, los sucesos, la economía, la cultura y la prensa rosa se han ido de excursión a los barrios bajos de la manera más sucia y barata, para una cosa seria que nos queda sobre la que debatir con un ápice de interés, ¿sería mucho pedir un poco -sólo un poco- de moderación?
Etiquetas: deporte, fútbol, noticias
La eterna promesa
martes 16 de septiembre de 2008 0:00
En las relaciones personales mejor ni hablar: el que se lleva a la chica es el que tiene que apoquinar con la hipoteca, los churumbeles, las discusiones diarias, los malos rollos y, una vez por semana y si todo va viento en popa, el polvete sabatino. Pero queda claro que ella se pasará los veinte minutejos del revolcón pensando en aquel tío que le tiró los tejos en la facultad, que se la benefició una noche y que al final se fue para no volver (o ella misma lo mandó a paseo, decisión de la que de tanto en tanto se arrepiente secretamente). Por mucho que Abba vaya cantando que "The winner takes it all", el jabato que pasó al (teórico) olvido ya se ha pasado por la piedra a unas quince féminas desde entonces, y todas ellas le recuerdan con más cariño que con el que piensan en su actual partenaire.
Puestas las cosas en perspectiva, ser el perdedor no está tan mal, ¿verdad? Todo depende del prisma desde el que se mira, pero esto de quedar siempre como "la eterna promesa" otorga sus buenos dividendos a medio plazo, y si no que se lo pregunten a Steve Jobs, un tío que no podrá nunca competir con Bill Gates pero que consigue llevarse a la crème de la crème del mercado con su línea de ordenadores pijos, amparándose en el cuento de la exclusividad que otorga pertenecer a una minoría selecta. Afrontémoslo: si tanta gente habla de los embriagadores efluvios del "encanto del perdedor" por alguna cosa será, ¿no?
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La juerga olímpica
martes 26 de agosto de 2008 0:00
Hay textos que se comentan solos, no hace falta ni siquiera escribir un post para hablar sobre el tema. Tal podría ser el caso del artículo del Times Online Sex and the Olympic city, escrito por Matthew Syed, un deportista adicto a los Juegos Olímpicos desde el año 1992, justo cuando se disputaron en Barcelona. Uno se pregunta si habrá una causa-efecto entre la Ciudad Condal y las grandes bacanales olímpicas, pero mejor nos guiamos por las palabras del autor y así nos hacemos una idea más o menos clara:A menudo me preguntan si la villa olímpica - el gran conglomerado de restaurantes y viviendas que acoge a los mejores atletas del mundo durante toda la duración de los juegos - es la fiesta sexual que todos dicen. Mi respuesta es siempre la misma: vaya si lo es. Jugué mis primeros Juegos en Barcelona en 1992 y practiqué el sexo con mayor frecuencia en esas dos semanas y media que en el resto de mi vida hasta ese momento. Es decir, dos veces, que podrá no ser mucho, pero para un chico de 21 años con un pregrado y los dientes torcidos, se trataba de un pequeño milagro.
Barcelona fue, para muchos de nosotros, vírgenes olímpicos, tanto sobre el sexo como sobre el deporte. Estaban las magníficas azafatas - para ayudar a los atletas - en sus camisetas de color amarillo brillante y faldas negras; estaban las encantadoras indígenas que vinieron a ver las competiciones. Y luego estaban las atletas femeninas - literalmente miles de ellas - pavoneándose, bailando, exhibiéndose y trotando alrededor de la aldea, vestidas en lycra y exponiendo yardas de brillantes, bronceadas, tersas e increíblemente exóticas carnes. Las mujeres de todos los países del mundo: musculadas, viriles, atléticas e irradiando estrógenos. Me pasé tanto tiempo en un estado de lujuria que me podría haber desmayado. De hecho, por lo que recuerdo creo que lo hice - ¿en un lugar así cómo podía uno distinguir la realidad de la tierra de los sueños?
No se trataba solamente de los chicos. Las mujeres también parecían sucumbir a sus hormonas, lanzando miradas audaces a diestro y siniestro y sonrisas de dinamita como si fueran confeti. No había comida o café completos sin una tremenda conversación con una larga saltadora de Cuba o una jugadora sueca de bádminton amazónico; el mutuo anhelo resultaba casi cómico de lo evidente que era. Había que hacer un esfuerzo de voluntad para mantenerlo todo bajo control hasta que la competición hubiera terminado. Pero una vez que nos eliminaban de nuestras respectivas competiciones, nos abalanzábamos sobre el otro cuales luchadores suicidas. Puede que hubiese una buena cantidad de sexo gay también - pero, dada la notoria homofobia en el deporte, quedó un poco más encubierto.
La cosa sigue diciendo que lo mismo ocurrió en Sydney y por lo visto sucede ahora en Beijing. Lean el resto del texto si tienen tiempo, pero ya les advierto que de momento he llegado a un par de conclusiones: la primera, que ahora entiendo todos los años de entrenamiento y preparación para unas olimpiadas. Yo pensaba que todo era por conseguir alguna medalla, pero por fin veo por qué se ponen tan contentos cuando se enteran de que van a ir a unos Juegos, y esas ansias por estirar a ver si llegan a los siguientes. También me resulta sospechosa la afición entre nuestros coetáneos de quedar eliminados a las primeras de cambio: si dicen que los españoles somos tan juerguistas y en la villa sólo empieza la bacanal cuando te quedas fuera... Y la segunda es que, por lo que leo en este artículo, el detonante fue Barcelona '92, y eso ya me toca más las narices, qué quieren. Me siento como cuando era un chaval y veraneaba cerca de Calella de la costa y todo el mundo me envidiaba por la gran cantidad de material sexual que se podía conseguir por la zona... y yo volviendo a casa con las manos vacías nueve de cada diez veces. Pues bien, en el 92 yo tenía 18 añitos, y mientras todo quisqui mojaba, ni les cuento cómo iba yo de apretado por aquella época, que para más inri coincidió con la ruptura de la relación con mi primera novieta fija. Si lo sé me pongo cinco años antes a tirar flechas, el único deporte en el que posiblemente me hubieran admitido con un poco de entreno.
Italia
viernes 20 de junio de 2008 0:00
¡Ah, Italia! ¡Tierra de spaghettis, Sopranos, buitres discotequeros, cantantes melosos y jugadores leñeros sin un ápice de técnica! Reino de Berlusconi I, morada papal, circuito de carreras interurbano, con bellas ciudades que adornan sus calles de bolsas de basura... ¿Acaso no les están entrando ya ganas de entonar el "O Sole Mio", cual gondolero surcando las putrefactas aguas venecianas? Como todos sabrán, nuestro orgullo patrio se medirá nuevamente con el de los italianos en un torneíllo futbolero que se han montado los de la FIFA para amenizarnos el mes de junio y que responde por Eurocopa. Si digo nuevamente es porque la última vez que nos vimos las caras en la era moderna, década y media atrás por tierras norteamericanas, nos echaron vilmente tras partirle la cara a uno de nuestros jugadores y demostrar que son la clase de equipo capaz de pasarnos por la piedra sin despeinarse. Las estadísticas hablan en contra del combinado nacional hispano: hace ochenta y ocho años que no los liquidan en competición internacional, y además todos sabemos que estos que van de rojo tienen afición por largarse a casa al llegar a la frontera de los cuartos de final, que el verano es corto y el calor aprieta.Por tanto, urge un plan de choque si la dichosa Roja pretende pasar este duro escollo y poder fardar, por una vez en su vida, de saber lo que se siente estando en semis. Y para trazar un buen plan lo que conviene es analizar bien las causas del desastre. ¿Por qué España se pasea con el sambenito de equipo loser y endeble, mientras que los italianos presumen de escuadra sólida y con aura triunfadora? No hagan más cábalas, el secreto según los expertos está en la mentalidad: ellos salen a comerse el mundo y nosotros con los calzones meados. De ser correcta tal tesis, cabe preguntarse si hay modo alguno de invertir este lastre histórico. Y para ayudar en tan ardua tarea, este blog -recuerden, de servicio público-, les presta un documento que ha llegado a mis manos recientemente para ilustrarles sobre cómo se forja el carácter italiano. Dice así: un tipo secuestra a su ex-novia para que le planche la colada.
ROMA (Reuters) - Un hombre italiano fue detenido bajo la sospecha de haber secuestrado a su ex-novia en un pub, llevándola a su casa y obligándola a planchar su ropa y a lavar los platos, dijo la policía el lunes.
El hombre, de 43 años de edad, sacó a rastras a la mujer desde un pub en la ciudad portuaria de Génova, la embutió en un coche y la llevó a su casa, donde la obligó a hacer su colada y a lavar los platos después de amenazarla, dijeron.
La policía llegó a su casa tras la denuncia de un amigo de la mujer, que presenció la escena en el bar.
El hombre, que al parecer estaba furioso con su ex-novia por haberlo dejado, fue arrestado bajo cargos de secuestro, dijo la policía.
Pasen pues esta trascendental información a los integrantes de combinado español, para que aprendan de este sujeto y entiendan de una vez por todas cómo aplastar al enemigo con soberbia y chulería. No se rían, la clave del éxito está en los detalles.
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Máquina total
viernes 13 de junio de 2008 0:00
Debatíamos ayer en otro rincón sobre la pérdida de vistosidad del tenis en las últimas décadas. Tal vez se trate de un tema nostálgico, pero yo considero que el deporte en general ha abandonado la humanidad de un tiempo a esta parte. No sólo en las pistas con red, hoy presididas por auténticos Terminators de la raqueta, o en cualquier otra modalidad en la que se requiera una condición física extrema, sino incluso en prácticas tan aparentemente relajadas como el golf. La profesionalización del deporte ha convertido en auténticas multinacionales a sus protagonistas, unos sujetos obligados a rendir al máximo para competir despiadadamente por su puesto en el Olimpo. Ya no basta con darle una pelota al chaval cuando tiene cinco años y, si vemos que posee aptitudes, hacer que practique en horario extraescolar: ahora los padres regalan a sus hijos una raqueta o un palo de golf a la que el enano ya empieza a andar, y a partir de ahí se le martiriza con una maratón de entrenos que hace pasar a un segundo plano todo lo demás. La recompensa por ingresar en la élite se lo vale, así que si sólo entrenas quince horas semanales debes ser consciente de que nunca llegarás lejos en ningún deporte, pues hay miles de críos dándole ochenta horas a la semana desde que aprendieron a decir "papá".La corrupción de los principios deportivos creo que viene desde el momento en que se profesionaliza, porque si lo pensamos bien los términos "profesional" y "deporte" no se llevan bien. Es más, en muchos casos (pienso en el fútbol) el adjetivo "profesional" se utiliza con claros tintes peyorativos, como eufemismo de "mercenario", atribuyendo a su destinatario la dudosa virtud de venderse al mejor postor o de jugar sólo por la pasta. Aunque resulte inevitable que las cosas se profesionalicen cuando hay dinero de por medio, el espíritu deportivo, el que impulsa a jugar por diversión y porque realmente te gusta lo que haces, se resiente y echando la vista atrás creo que algo se ha perdido por el camino. A veces, viendo entrevistas con los astros de sus modalidades deportivas, llámense Alonso, Nadal, Woods o Ronaldinho, no puedo evitar tener la sensación de que en el fondo están a disgusto con lo que hacen. Será algo en su semblante serio, en sus expresiones repetitivas y monocordes, en su vocabulario plano... Aunque claro, como van a tener riqueza de vocabulario si dejaron arrinconados los estudios a la que se vio que destacaban por encima de la media en su ámbito, a la edad de siete u ocho años, supongo.
Así que lo que tenemos ahora en las páginas deportivas de los periódicos es a una especie de androides programados para tener la maquinaria siempre a punto y en óptimas condiciones, para poder ganar esa milésima de segundo de velocidad o ese plus de resistencia o de fuerza que les haga reinar mientras el cuerpo aguante. Normalmente, un par de años o tres. Después viene otro más joven, con un físico momentáneamente superior, les arrebata el trono y se prepara para un corto reinado a la espera de que llegue el siguiente. Por el camino, se llevan unas cantidades indecentes de dinero y traicionan la esencia de lo que el resto del populacho entiende por deporte. Cuando les veo alzar sus trofeos satisfechos y exhibiendo el descaro de saberse los mejores, no puedo evitar pensar en todos los que se quedaron por el camino, hoy en día androides sin cerebro y sin recursos por haber apostado todo al rojo cuando salió negro. A algunos de estos los podemos ver en los reality shows televisivos o quemando su frustración en cualquier gimnasio. Siempre les quedará "Operación Triunfo".
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Hasta los fogones
miércoles 28 de mayo de 2008 0:00
Una vez fui al restaurante de Carme Ruscalleda, el mítico Sant Pau, y comí bien. Como por aquel entonces al local aún no le habían endosado la tercera estrella Michelin, el ágape me salió "baratito", unos doscientos cuarenta euros del ala (dos comensales), y aseguraría que al deconstructivismo culinario le quedaba todavía un buen trecho para alcanzar la cima, pues no preservo en la memoria ningún brebaje a base de hidrógeno o un postre relleno de colágeno. Recuerdo que me hizo gracia que los camareros se tiraran más rato haciéndome un resumen de la elaboración del plato que lo que yo tardaba en zampármelo y la presteza a la hora de reponer el vino, pero diría que más allá de estos ínfimos detalles la cosa no variaba demasiado con respecto a cualquier otro restaurante pijo. Supongo que en Can Fabes la comida es más consistente, y me he propuesto comprobarlo un día de éstos, pero en el de Ruscalleda puedo asegurar que la cena se compone de un sinfín de platos que dilatan la velada unas tres horas, un festín de pequeñas porciones de bouffe non-stop que hace que termines bastante lleno (aunque no a reventar). Del Bulli no puedo dar referencias más que nada porque me niego a reservar una mesa con un año y pico de antelación para que luego resulte que el día en que voy a pagar el gusto y las ganas me encuentre constipado y no pueda apreciar "la amalgama de sabores" que me ofrece el amigo Adriá.Viene toda esta parrafada a cuento de las polémicas propuestas incendiarias de Santi Santamaría, maestro de ceremonias de Can Fabes, de las que se ha visto obligado a retractarse en vista del alud de críticas que se le venía encima, y eso que hasta Montignac se posiciona a su lado. Supongo que el hombre estaba hasta los fogones de que no se le reconocieran sus méritos y del protagonismo que acaparaban los experimentos culinarios de Adriá y Ruscalleda, pero no por ello es menos cierto que lo único que ha hecho ha sido expresar en voz alta lo que muchos gourmets de a pie pensaban en voz baja: menos cocina deconstructiva y más entrecottes a la pimienta, que las sopas de cubito de café salpicadas de un riego de regaliz están bien para la foto pero no sacian el apetito de una manera acorde con la que vuela el dinero de la cartera. Y de paso le ha arreado un sopapo al papanatismo omnipresente en nuestra sociedad, presto a alabar cualquier excentricidad sólo porque la recomiendan los cuatro entendidos de turno y a denostar todo lo demás. Amén de los innumerables imitadores de baja estofa que los sufridos clientes tenemos que soportar (¡y pagar!) en cualquier restaurante de segunda de nuestra ciudad.
En el fondo este debate es tan viejo como la vida misma. Ya en el colegio había un grupúsculo de elitistas que glosaban las excelencias de la banda indie del momento y te tachaban de mentecato si osabas decir que a ti lo que te gustaba era la música de los Pet Shop Boys. En el cine, tres cuartas partes de lo mismo: por cada gafapasta que recomendaba fervientemente el último estreno de Woody Allen había cien mil tíos que se mordían la lengua para no confesar que lo que les hacía subir la testosterona era la nueva entrega de "Arma Letal". En el deporte, la élite golfista se dedica a hacer alarde de sus putts ante los mindundis que quedan para jugar al futbito los fines de semana, y en el universo literario hay quien espera su cita anual con el Nóbel para épatar a sus contertulios, normalmente unos impresentables que sólo leen a King. El eterno conflicto entre la élite y la plebe, esta vez servido con una reducción de perfume de pétalo de rosa.
A mí el cuerpo me pide ponerme del lado de Santamaría, qué quieren que les diga. Soy un tío sencillo, en las bodas me tira más el menú infantil que las horteradas precongeladas de presunto pedigrí culinario que nos sirve el catering, y entre las pizzas mi favorita es la margarita. No obstante me entra cierto reparo a la hora de apoyar a este reputado cocinero, no por nada pero manda huevos que sea precisamente él, que pomposamente autoproclama su garito como un "centro de ocio gastronómico" (se ve que "restaurante" queda pobre), el que tenga que poner los puntos sobre las íes a todo el mundillo de la cocina moderna. Si al menos hubiera sido el pizzero de la esquina... Aunque claro, éste no creo que disponga de una gran tribuna mediática.
Personalmente, si les gustan los restaurantes (moderadamente) caros, permítanme que les recomiende el Hispania, un local tradicional y cuya reputación viene de lejos (de mucho más que todos los que he mencionado anteriormente), y que sabiamente ha sabido mantenerse al margen de tanta polémica. Eso sí, no tarden demasiado en visitarlo, porque a la que falte alguna de las dos hermanas que lo regentan intuyo que perderá gran parte de su gracia culinaria. Y no es que esté llamando al mal fario, ojo, que ya tienen una edad pero aún pueden dar guerra durante bastante tiempo.
Etiquetas: cine, cocina, deporte, literatura, música, élite
La inútil normativa electoral
sábado 8 de marzo de 2008 1:00
Se supone que como hoy es jornada de reflexión los medios no deberían hablar de política, y precisamente por eso yo voy a hacerlo, ni que sea para tocar las narices a los poderes fácticos. Porque todas estas prohibiciones, en la era de internet, se me antojan la mar de estúpidas. Es como lo de no poder publicar encuestas electorales durante los cinco días anteriores a las elecciones, medida prehistórica que algunos medios nacionales se han saltado a la torera vinculando desde la portada de sus rotativos a páginas de internet sitas en el extranjero. Una vez más, la tecnología deja en cueros a la legislación vigente, aunque uno se pregunta qué cuernos pasa si se publica una encuesta dos días antes de las votaciones o si a mí se me ocurre proclamar un "vota tal" o "no votes a cual" desde esta bitácora durante la jornada de reflexión. Supongo que a estas alturas ya tendrán todos claro a quién van a votar si es que no forman parte de la gran y creciente masa de abstencionistas, y cualquier cosa que pueda soltar un periodista corrupto desde su atril no les va a modificar la opinión. Cosas de haber sufrido una campaña electoral ininterrumpida durante los últimos cuatro años: quien está ya hasta el gorro lo estará por mucho que los medios hablen, quien quiera votar en una u otra dirección hace tiempo que lo tiene decidido.En cambio estoy convencido de que hay factores indirectos que pueden afectar decisivamente al resultado final de los comicios, detalles insignificantes que en un momento dado podrían dar un vuelco a última hora y que nadie pretende controlar a golpe de legislación. Por ejemplo, el fútbol. Tiremos de topicazo y presupongamos que todos los del Barça votan a CiU o a ERC, por ejemplo. ¿El hecho de que haya partido este domingo puede hacer que muchos pasen de ir a votar y por tanto se refuerce el bipartidismo? Por el contrario, imaginemos que realmente entre la masa de los socios merengues hay mayoría de simpatizantes del Partido Popular: si el Madrid perdiera otra vez el sábado, ¿el estado depresivo de sus socios y simpatizantes les haría quedarse en casa y por tanto decantar la mayoría favorablemente para los socialistas?
Yo estoy convencido de que algo de esto hay. Lo cual me lleva a la figura de los árbitros de fútbol. Si cuando pitan un penalti injusto o anulan un gol legal ya se dice que "juegan con los sentimientos de la gente", ¿se dan cuenta de que en función de sus meteduras de pata del fin de semana el futuro del país puede cambiar radicalmente? Ítem más, ¿a quién vota cada colegiado? ¿Saboteará voluntariamente los partidos para que el domingo ganen los suyos? Tanto mantener leyes electorales caducas y al final resultará que lo que hay que hacer es promover un decreto-ley que prohiba los partidos de Liga durante el fin de semana de las elecciones.
Actualización importante: obviamente, este post ya estaba terminado antes de que los desgraciados de siempre tuvieran que dar la nota para, efectivamente, cambiar las intenciones de voto. Por un momento pensé en borrarlo, pero al final decidí que no iba a dejar que estos tipos me hicieran modificar ni un ápice de mi existencia. Que en el fondo es lo que buscan.
El miedo escénico de ahora en adelante
martes 19 de febrero de 2008 1:00
Finalmente nos llegan las buenas nuevas por parte de los responsables de la red ferroviaria nacional: el AVE ha arribado a la Ciudad Condal, loado sea el Señor. A primera vista puede parecer una noticia de las de "mucho ruido y pocas nueces", no en vano gozábamos ya del puente aéreo desde hace varias décadas, pero como no quiero ganarme los insultos de los usuarios habituales de semejante engendro procederé a considerar que a partir de ahora podemos decir ya sin ambages que las dos ciudades más importantes de esta península en la que nos ha tocado vivir se hallan por fin bien conectadas. La prensa lo recoge mejor que yo con todo lujo de detalles, así que no voy a expandirme sobre el tema. Simplemente señalar que es previsible que desde este momento haya flujos de ciudadanos que se desplacen entre Barcelona y Madrid a un nivel mucho más elevado que hasta el presente.¿Por qué? Básicamente porque a mucha gente no le convence lo de coger el avión para ir de un lado a otro (pánico a volar, tiempo de espera desorbitado en las terminales, desplazamiento posterior al centro de la ciudad...) y conducir de seis a ocho horas para ir de un sitio a otro el fin de semana era una opción demasiado pesada para la gran masa. En cambio, a partir de ya no tardaremos en ver a madrileños paseando por las Ramblas y a barceloneses haciendo fotos de la Puerta de Alcalá, seguramente en una proporción mucho mayor a la que estábamos acostumbrados. Si además con todo esto se rompe algún que otro prejuicio miel sobre hojuelas.
Uno de los efectos que más ha despertado mi curiosidad de todo este asunto es el futuro de los derbis Barça-Madrid y Madrid-Barça. Al igual que muchos madrileños empezarán a conocer la arquitectura de Gaudí y que muchos catalanes se empaparán del arte del Prado, en el ámbito futbolero cabe suponer que a partir de ahora muchos madridistas aterrizarán en el Camp Nou camuflados cuando juegue el equipo de sus amores y viceversa. Y claro, la pregunta es legítima: ¿dónde quedará el famoso "miedo escénico"?
Todo el que haya vivido un derbi en campo contrario sabrá que lo imprescindible para pasar desapercibido en territorio comanche es, por un lado, abrocharse la chaqueta hasta el cuello (para que no se vea la bufanda con los colores de nuestro equipo y la zamarra a juego), y por otro no saltar como un poseso cuando nuestro equipo les endiña un gol a los otros. Más que nada por salvaguardar nuestra integridad física, ya se sabe. Esto en cuanto a la parte activa de la militancia, pero la parte pasiva también cuenta: nada de gritar "gol" si marcan los otros, nada de corear los nombres del equipo contrario por mucho que nuestro vecino de asiento se desgañite a todo pulmón... Actitud impertérrita y callada, simulando pasotismo o actitud de "mi-amigo-me-ha-dejado-el-carnet-pero-a-mí-no-me-gusta-el-fútbol". Si se puede impostar afonía, mejor, no sea que nos calen por el acento.
Estando así las cosas, ¿qué clase de ambiente hay que esperar en los grandes clásicos? ¿Medio campo cantando y el otro medio callados como putas? ¿Empezarán a sospechar los habituales de todo el que se presente de nuevo al evento? ¿Se iniciarán trifulcas en las gradas cuando se descubra el pastel, máxime porque el infiltrado gozará de apoyos "ocultos" en las butacas colindantes? ¿Se fundará en el Camp Nou una "grada blanca de Vallecas" aprovechando un pack especial del AVE? ¿Veremos a los Boixos Nois adornar una de las esquinas del Bernabéu, todo sea por promover el turismo cervecero? La duda me corroe, pero si en algún caso ha sido lícito usar la sobadísima expresión "un antes y un después" creo que será aplicable en los duelos del siglo a raíz de la alta velocidad. Vivir para ver.
Si esto es arte, yo soy torero
miércoles 13 de febrero de 2008 1:00
Recuerdo que de pequeño mi madre me llevó un soleado domingo por la mañana a la Fundació Miró, allá en la montaña de Montjuïch. Era por la época en la que decidió que el niño tenía que culturizarse como fuera y me arrastraba los fines de semana a museos, exposiciones y demás. Debía tener unos once años, no muchos más, y nunca se me borrará de la memoria el momento en el que entramos en una gran sala y me encontré con un lienzo que cubría toda una pared de grandes dimensiones y en el cual no había dibujada más que una enorme línea en diagonal, de abajo arriba. Lo primero que pensé fue que Miró debía haber pintado esa línea cuando ya contaba con una cierta edad, pues el pulso tembloroso del trazado denotaba el clásico Parkinson que ataca a las personas que ya han entrado en la vejez. Después especulé con la probabilidad de que el dibujo lo hubiera en realidad hecho su nieto y entonces lo del trazado tembloroso tendría justamente la explicación opuesta. No sé porqué pensé lo del nieto, supongo que por aquella manida frase que dice que "esto lo hace hasta un niño de tres años", aplicable siempre al arte moderno. De todas maneras la frase que me quedó grabada en el cerebro fue la que pronunció un tipo que había a mi lado contemplando el cuadro, que girándose a mí me dijo "si esto es arte, yo soy torero" y acto seguido me guiñó un ojo y se fue. Ignoro porqué recuerdo la frase en cuestión, pero debió hacerme gracia pues me ha acompañado a lo largo de mi existencia.Unos años después, apoyado en la barra de una discoteca un verano cualquiera, observaba cómo un colega que iba hasta las cejas de whisky barato intentaba tirar la caña a una extranjera jovenzuela, con ganas de marcha, y mucho más bebida que él. Parecía que sus intentos llegarían a buen puerto en breve y un amigo mío, que también supervisaba las maniobras de aproximación, riendo me dijo "¡qué arte que tiene!". Como yo consideraba que el éxito de la operación iba a deberse mucho más a los efectos del alcohol, tanto en el organismo de él como en el de ella, que a las dotes de seducción de mi compañero, no pude reprimirme y le solté la famosa frase: "¡si esto es arte yo soy torero!" "¿Ah, sí? ¡Pues sal a torear a la plaza, compadre!" Y ahí me la envainé y callé: ni me gustaba la guiri ni me sentía con ganas de hacer el clásico numerito de "Don Juan de las cinco de la mañana".
En el fondo siempre he creído que lo del arte es tan subjetivo que en la práctica tienen razón tanto los que lo critican como los que lo apoyan. Es aquello de que "la belleza reside en los ojos del observador", supongo. Sólo así se explican los encarnizados debates dialécticos que a lo largo de los años se reproducen en las tertulias artísticas, en especial a raíz de las obras merecedoras del premio anual de la Tate Gallery. Como el último caso que presencié, justamente en el Camp Nou hará cosa de dos semanas, cuando saltó al césped el otrora astro azulgrana Ronaldinho, en la actualidad abonado a los minutos basura de las segundas partes. Nada más aterrizar en el campo realizó un regate en la banda que a punto estuvo de quebrar la cintura del rival. Obviamente empezarón a oírse los "oh" del público y un hombre de la fila de abajo gritó "¡tú sí que tienes arte!". Lástima que, como viene siendo habitual, el grácil movimiento quedó en nada cuando la pelota rebotó en un rival y terminó a los pies del enemigo, justo en el momento en el que el jugador brasileño caía de culo sobre la hierba. Juraría que alguien replicó al ferviente admirador del brasileño una frase parecida a la que titula este post, sólo que con un pelín más de mala leche. Ya ven, ni los críticos más exigentes se ponen de acuerdo a la hora de juzgar el arte con mayor o menor benevolencia.
Terapia de choque
miércoles 9 de enero de 2008 1:00
¿Estamos ya todos? ¿Sí? ¿Cómo? ¿Que falta uno? Vayan a avisarle, por favor, que voy a empezar la clase... Bueno, ya repuestos del ajetreo del redireccionamiento de dominio reemprendemos la rutina habitual del post diario, que las obligaciones son sagradas y el público exigente. Ante todo, los rezagados deben pasarse por el post anterior y dejar un breve comentario que indique que se lo han leído, que no podemos empezar Macro-II sin haber aprobado primero la Macro-I. ¿Listos? Pues al trapo.Nada mejor para ganarme el cariño de la afición (un tanto resentida por el inexplicable comportamiento de mi bitácora durante esta semana) que tocar una temática que sé que es del agrado de todos ustedes: hablemos de fútbol. Leo en la prensa que Juande Ramos, flamante recién estrenado entrenador del Tottenham, ha decidido imitar a otro recién llegado de nombre Ronald y de apellido 'héroe de Wembley' y ha largado a uno de los pilares del equipo. Esto es lo que se conoce como "terapia de choque", me temo, y últimamente goza de bastante aceptación por parte de los hinchas de los equipos de fútbol, que ven como sus ídolos tienen más que nunca los pies de barro. Según la creencia popular el futbolista es un tipo que se ríe del aficionado a pesar de cobrar un dineral por no pegar prácticamente ni sello, y que goza particularmente al saber que todos andan cabreados mientras él apura su cubata. Hay que corregir esta percepción pues es del todo incorrecta: el futbolista goza particularmente al saber que todos andan cabreados mientras él apura su cubata y la prostituta de turno le practica una soberana felación. Aclarados estos conceptos preliminares, la siguiente pregunta a formularse sería: ¿y qué?
¿Desde cuándo no ha sucedido eso en el universo balompédico? Y en muchos otros ámbitos, de hecho. Es lo que vulgarmente se conoce como "dormirse en los laureles" o "asentarse en la poltrona" y suele ocurrir justo después de una época gloriosa (tampoco tanto, no se crean, depende de cuánto grite la prensa). En parte es normal: después de dar lo mejor de sí, el profesional (del ámbito que sea) se acostumbra a la rutina del éxito y sin comerlo ni beberlo en menos que canta un gallo se encuentra hundido en la mediocridad más absoluta, a pesar de seguir percibiendo los mismos emolumentos que durante la época de las vacas gordas. Por algo él es otra variante del mismo rumiante, la sagrada. En el fondo esto, y no otra cosa, es lo que convierte a estos profesionales en seres humanos y lo que los aproxima al vulgo, gente usualmente bastante más mediocre pero que suele esgrimir como argumento aquello de "si yo cobrara lo que éste..."
La cuestión es que cuando este fenómeno se produce el pueblo pide sangre y alguien tiene que aplicar las medidas extremas que conforman la terapia de choque. Normalmente se trata del entrenador, un sujeto que una vez efectuado el trabajo sucio es el primero en ser despedido, percibiendo su fenomenal finiquito, eso sí. Esto es lo que hace actualmente Koeman en el Valencia, Juande en el Tottenham, lo que hizo el año pasado Capello en el Madrid y lo que hará Mourinho en el Barça si el presidente atiende al clamor popular.
A la larga tales medidas se muestran inefectivas, y es que si no hay una buena base ya puede venir el dictador de turno que las aguas vuelven pronto a su cauce, pero lo del cambio radical es algo que apacigua las iras del personal y el clásico gesto populista que consigue acaparar múltiples beneplácitos. Observen cómo en política se produce normalmente el mismo fenómeno: ¿que estáis hartos del retrógado y conservador Bush Jr.?, preguntan los Demócratas. Pues hala, os damos a escoger entre una mujer (que sabe perdonar hasta los cuernos) o un negro (modernillo y en las antípodas ideológicas de su predecesor). Toma liberalismo. Y la gente como loca a votarlos.
Lástima que a la postre, como he dicho, las terapias por exceso suelen defraudar tanto como las que son por defecto, y en cuatro días la gente pasa a quejarse justo por los motivos opuestos. Si antes había laxitud, ahora hay demasiado látigo. Si antes había conservadurismo, ahora sobra liberalismo. Y al final, esto no son más que ciclos pendulares en los que el público y los votantes suelen estar permanentemente insatisfechos (con un brevísimo lapso de felicidad) y a los que hay que animar a base de terapias de choque para que se movilicen y sigan pagando sus abonos, el pay-per-view y que sigan acudiendo a las urnas. Y que el futbolista pueda continuar con su juerga ad eternum y al congresista se la sigan chupando. ¿O era al revés?
El fútbol como factor socializador
viernes 9 de noviembre de 2007 1:00
De pequeño no me gustaba nada el fútbol. Cuando digo "nada" no quiero decir que lo aborreciera; simplemente le encontraba más o menos la misma gracia que le encuentro ahora a la Formula-1. Es decir, que no me molesta que a la gente le entusiasme pero sin embargo yo me siento excluido del grupo. En el patio de colegio jugaba con los demás compañeros pero para qué voy a negar que con lo que de verdad vibraba, incluso a temprana edad, era con la lectura de un buen libro (en su defecto un tebeo), con el visionado de una buena película o con la escucha de un (¿buen?) disco de Spandau Ballet (triste es reconocerlo, pero forma parte de mi ADN preadolescente). Pero uno se va haciendo mayor y, aunque sea por imitación, acaba cayendo en los mismos vicios que mueven a los círculos sociales por los que circula.¿Han probado alguna vez a vivir absolutamente alejados del Deporte Rey? Intenten aislarse (si pueden) de cualquier noticia deportiva durante un mes y luego salgan a la calle: se habrán convertido en un ser extraterrestre, pues no pueden participar en las tertulias de bar, no tienen tema para las siempre incómodas conversaciones de ascensor, en las reuniones de trabajo ya sólo les queda charlar sobre meteorología durante los tiempos muertos... Lo peor viene el fin de semana, claro, justo cuando todos sus conocidos se reúnen cual rebaño ovejero frente al televisor de un bar para ver el partido de su equipo y usted se queda solo paseando su triste figura por las solitarias calles de su ciudad. O se agencia un alma gemela (casi no quedan) para estos momentos de soledad o a medio plazo queda usted abocado al aislamiento budista en estado puro.
Ignoro cuál fue el momento exacto en el que caí en la cuenta de lo importante que resulta el fútbol para el ser humano medio en nuestra sociedad. Recuerdo que en la época de la primera Copa de Europa del Barça, justo al entrar en una discoteca me encontré con que todas las chicas de buen ver llevaban una bufanda azulgrana colgada del cuello. Ahí lo vi claro: o me empapaba de fútbol o me iba a convertir en un paria social de mucho cuidado. Así que, si bien ya había hecho mis pinitos anteriormente, empecé a ojear el Mundo Deportivo de mi padre tras la sobremesa, presté atención a un tipo esmirriado y con gafas que solía saltar mucho en las Ramblas cuando la TV3 conectaba con las celebraciones de los títulos, intenté asimilar eso tan complicado del "fuera de juego" (a día de hoy aún no lo he conseguido del todo) y comencé a frecuentar el Nou Camp con cierta asiduidad (debo confesar que las cenas post-match por cuenta de mi progenitor implicaban un atractivo irresistible para un jovenzuelo sin blanca como era yo por aquellas épocas).
Y desde entonces hasta hoy. Ahora me siento un miembro al 100% de la sociedad, puedo andar con la cabeza bien alta, despotrico en blogs futboleros y suelto alineaciones ante mis amigos con total convicción, como si tuviera alguna remota idea de lo que significa un 3-4-3 o un doble pivote. Me ha costado lo mío, ¡pero aquí estoy! Lo jodido es que ahora que ya más o menos me defiendo todo el mundo me habla de grips, de un tal Ron Dennis, del octanaje de la gasolina y de las paradas técnicas en los boxes. No sé porqué, pero intuyo que o me pongo las pilas de nuevo o en menos que canta un gallo vuelvo al ostracismo social. Dichoso opio del pueblo...
Mediatizados
viernes 26 de octubre de 2007 2:00
A raíz del post de ayer permítanme que les formule una pregunta: ¿cuántos de ustedes siguieron este domingo la carrera que decidía el título de Formula-1? No mientan porque las audiencias fueron espectaculares y yo mismo, que en un momento dado de la transmisión entré en un bar con televisor, me topé con un montón de entusiastas de todas las edades berreando sus filias y fobias Alonsistas y elucubrando con mil y un supuestos para la clasificación final. Personalmente no recuerdo tanta movida por una carrera de coches en lo que llevo de existencia, aunque justo es reconocer que el motor nunca ha sido mi gran pasión. De todas formas, si usted ha contestado "sí" a la primera pregunta, hágase otra a continuación: ¿hace cinco años también seguía con tanto fervor este tipo de acontecimientos?Imagino que para alguno de ustedes la respuesta a la segunda pregunta habrá sido negativa, y en tal caso puede estar seguro de que sus gustos han sido influenciados por los medios. Un buen día las televisiones y la prensa de medio mundo decidieron que a usted le iba a gustar la Formula-1 y usted claudicó sin saberlo. Lo mismo podríamos decir del fútbol, de las películas (¿a santo de qué tanta expectación por "El Orfanato" cuando, si llega a ser americana y la protagonista hubiese sido por ejemplo Demi Moore, no la habría visto ni Dios y los que hubiesen pasado por taquilla habrían probablemente opinado que era "una del montón"?) o de los ecos de sociedad. Sí, sí, los ecos de sociedad también: hace unos meses en un canal de televisión hablaban de la "enorme expectación" generada por la llegada de los Beckham a Malibú, y uno no puede menos que pensar si realmente tanta expectación era real o artificial, fabricada para un público ávido de eventos notorios que aprovecha cualquier excusa para exhibir su entusiasmo a grito pelado. De la moda mejor ni hablamos, ¿verdad?
Asusta un poco pensar que el hecho de que a mí me guste un libro, una película, un deporte o un jersey a rayas viene determinado por unos señores encorbatados sentados alrededor de una mesa de caoba en un piso elevado de un rascacielos, pero éste es el signo de los tiempos que nos ha tocado vivir. Para bien o para mal, los medios dictan mis gustos y, por ende, dirigen mis opiniones, mis conductas y parte de mi personalidad. ¿Por qué me gustan las chicas delgadas y con curvas? ¿Porque son las que realmente me atraen o porque me han bombardeado con anuncios de rubias voluptuosas desde mi más tierna infancia? Fíjense que escojo un ejemplo muy personal y no hablo de la marca de un coche, de un iPhone o de un estilo de música. ¿Hasta qué punto soy lo que soy o me han hecho así en un departamento de marketing?
Y los de mi quinta aún pueden decir que son relativamente "vírgenes"... Cuando oigo que los chavales de ahora siguen comportamientos calcados de lo que ven en una televisión que les satura de imágenes revolucionadas a todas horas y por innumerables canales, tiemblo pensando en un futuro regentado por clones de Paris Hilton, de concursantes de "Gran Hermano" y de tertulianos de "Salsa Rosa". Los medios hacen a las masas, y lo que empieza con una leve afición a la Formula-1 puede degenerar en una alteración del comportamiento digna de la dualidad Dr.Jeckyll / Mr.Hyde.
Etiquetas: deporte, opinión, sociedad, televisión
‘Hooliganizando’ la Formula-1
miércoles 17 de octubre de 2007 2:00
Han bastado un par de noticias sueltas en la prensa internauta de los últimos días para que un neófito como el que suscribe se diera cuenta de que la Formula-1 ya ha alcanzado en este país el estado Defcon-3 en el grado de gilipuertismo, hito hasta el momento reservado a las tertulias balompédicas. Lean los siguientes recortes:- La prensa inglesa considera "paranoica" a la afición española: ...el prestigioso Daily Telegraph se descolgaba con una afirmación sorprendente en la que acusa a la afición de este país de sufrir "una paranoia generalizada en contra de Lewis Hamilton a causa de su rivalidad con Fernando Alonso" (...) Sin embargo, el Daily Telegraph no es el único diario que ha arremetido contra la afición española o Alonso. El Daily Mirror ha apuntado al asturiano de ser el responsable de la fobia española hacia Hamilton. Este diario sensacionalista considera que es Fernando quien ha engañado al decir que no estaba recibiendo un trato de equidad en el equipo con su compañero. Y es que, como dice el piloto de Red Bull Mark Webber, "si te metes con el chico de oro estás perdido con la prensa británica".
- "Con lo racistas que son los ingleses que se tengan que apoyar en uno de color...": Carlos Gracia, presidente de la Federación Española de Automovilismo, ha sido invitado por el mismísimo Ron Dennis a visitar el 'box' de McLaren durante el Gran Premio de Brasil y comprobar 'in situ' que la escudería inglesa ofrece el mismo trato a Fernando Alonso y Lewis Hamilton en el momento más decisivo de la temporada (...) Gracia no cree que haya un interés especial ni de McLaren, ni de Bernie Ecclestone, ni tan siquiera del 'lobby' británico de la Fórmula 1 para que gane Hamilton, pero sí se queja en Público de la actitud de la prensa inglesa hacia Alonso y deja caer una dura crítica hacia el pueblo inglés. "Con lo racistas que son en Inglaterra, que tengan que apoyarse en un piloto de color... Ya lo intentaron con Button y les salió rana. Por eso, la prensa británica está volcada con Hamilton, aunque de forma mucho menos respetuosa que cuando la prensa española hizo lo propio con Alonso".
¿Soy el único que piensa que aquí alguien está perdiendo los papeles a marchas aceleradas? Como único especímen masculino en trescientos kilómetros a la redonda que no ha visto un solo Gran Premio este año (ni el anterior, ni el otro, ni...) me cuesta poco reconocer que a mí me la suda quién se lleve el campeonato este año, si el Niñato Engreído I (en adelante, Alonso) o el Niñato Engreído II (Hamilton). Bastante tengo ya con saber quiénes son estos dos sujetos, pírricos héroes en un deporte de máquinas, como para encima tener que decantarme por uno de ellos. Pero lo que sí me hace gracia es comprobar cómo una modalidad deportiva que hasta hace bien poco era seguida casi en exclusiva por auténticos connaisseurs y gente más o menos civilizada, de repente se ha convertido en un tema de conversación carajillero en el que cada cual defiende su postura con nulo criterio, simplemente amparándose en su patriotismo o en si este o aquel corredor les caen mejor o peor. Como decía, inteligentes y razonados parámetros de decisión hasta ahora restringidos al fútbol.
Supongo que el fenómeno viene con las audiencias, o cuando la prensa autóctona decide que el asunto ya es de "interés nacional" y pasa a dedicarle portadas. Nada que objetar, cualquier estrategia de ventas es buena, pero parece mentira que en este dichoso país no seamos capaces de motivar al personal si no es enfrentándolo con quien sea. En el fútbol la cosa es clara y rivalidades las hay para escoger. En Formula-1 ya hemos inventado una este año (la de Schumacher parece que no cuajó, y además se ha retirado) y, a la que nos pongamos con el golf, empezaremos a decir que Tiger Woods la tiene corta con tal de que no nos liquide a nuestro "niño" golfista, un tal García que, al lado de los grandes, queda más justito que mi media de filosofía de COU. También sucedió con el tenis, en su día deporte de caballeros, y acarreó una serie de broncas por parte de la afición gala cada vez que uno de nuestros tenistas tenía la osadía de llegar lejos en el Roland Garros (recuerdo a la Vicario llorando a moco tendido tras conquistar el torneo). Y así, haciendo amigos para vender periódicos y disparar las audiencias...
Luego vendrán con que los aficionados somos unos incívicos y con que si hay que erradicar la violencia de los estadios, de los circuitos, de las canchas tenísticas... Y resulta que los que espolean al público son los propios responsables y los plumillas sensacionalistas que confeccionan monumentales artículos e impactantes portadas con cualquier atisbo de rivalidad que detecten en el ambiente. Alguien dijo que el deporte tenía que ser un ejemplo para los niños, y que la rivalidad deportiva en las diversas competiciones siempre era sana... Pues será en teoría, porque a la práctica aquí somos todos unos incendiarios.
Parece mentira que la única forma de motivarnos pase por encabritarnos.
Haiku
miércoles 3 de octubre de 2007 2:00
Respondiendo al reto que me lanzó Fórceps hace dos días, ahí va mi post de tres líneas (de hecho pretende ser un Haiku):Otoño del crack
Al pequeño lanzará
Moscú arrasará
(Nótese que se ha hecho un esfuerzo por respetar las reglas del juego, a saber:
El haiku tradicional consta de 17 sílabas dispuestas en tres versos de 5, 7 y 5 sílabas, sin rima. Suele contener una palabra clave denominada kigo (季語?) que indica la estación del año a la que se refiere.
Tradicionalmente el haiku, así como otras composiciones poéticas, buscaba describir los fenómenos naturales, el cambio de las estaciones, o la vida cotidiana de la gente. Muy influido por la filosofía y la estética del zen su estilo se caracteriza por la naturalidad, la sencillez (no el simplismo), la sutileza, la austeridad, la aparente asimetría que sugiere a la libertad y con ésta a la eternidad.
Obviamente, esta breve aclaración no cuenta como línea de post. El post en sí sólo tiene tres, lo que mejora si cabe el reto forcepsiano de origen. Queda abierto el debate sobre su -cristalina- interpretación).
Expectativas desmesuradas
lunes 17 de septiembre de 2007 2:00
Giovanni Dos Santos es un futbolista de dieciocho años que milita en el Barça, para quien no lo sepa. Este verano se ha especulado con que equipos importantes de Inglaterra (entre ellos, el todopoderosísimo Chelsea) podrían intentar ficharlo pagando el precio de su relativamente baja cláusula de rescisión y una parte del barcelonismo se ha puesto a temblar, exigiendo una mejora de contrato inmediata para el chaval que consiguiera ahuyentar a los posibles buitres carroñeros que acechan desde el extranjero. Desde un sector más moderado se ha apuntado con acierto que el jugador aún no había demostrado nada y que resultaría una temeridad pagarle el oro y el moro a una promesa que a saber si no se estropea en tres meses y luego nos la habremos de comer con patatas. Además, indican los mismos detractores del aumento de sueldo, habrá que ver si realmente hay gente dispuesta a pagar las cantidades que se barajan en torno a la figura de este futbolista.El problema, advierten los temerosos de ver a la joven estrella volar hacia tierras británicas, es que hoy en día en el mercado futbolístico no contiza el auténtico valor de los futbolistas sino las expectativas de futuro que hay sobre ellos. Y en el caso de Giovanni, éstas son a todas luces desmesuradas. Por tanto, el valor teórico del jugador es muy superior a su valor real, y esto es un dato que conocen perfectamente todos los agentes del mercado. En parte esta teoría es la que explica las montañas de dinero que se mueven en el universo futbolístico, y la cantidad de medianías pagadas a precio de caviar que abundan cada verano.
En los mercados financieros esta ley ya hace años que ha sido asumida por los agentes, y de ahí los altibajos bursátiles tan habituales en nuestros días, para susto de los pequeños inversores que ven cómo pasan de ser casi millonarios a estar completamente arruinados en cuestión de días. En principio se supone que si uno compra valores de empresas que estén respaldadas con un fuerte activo el capital anda más o menos asegurado, pero en el día a día el factor de las expectativas puede jugar muy malas pasadas. Si el banco X hace una previsión de beneficios elevada y a la hora de publicar las cuentas se queda a la mitad sus acciones caerán en picado, para pasmo de los propietarios neófitos que no entenderán porqué, si la entidad financiera es perfectamente sólida, su valor en bolsa se reduce de una forma tan drástica. Ya no hablemos si la empresa sujeta a variaciones constituye el último grito del sector tecnológico, usualmente representado por negocios que por no tener no tienen ni oficina física en muchos casos.
Tres cuartas partes de lo mismo con las reservas de divisas de los diferentes países, que observan apreciaciones y depreciaciones dramáticas a la que el gobierno de turno decide tocar tipos de interés. Lo mejor del caso es que si la expectativa es de subida de tipos el valor de esa divisa se supone que va a subir, dado que rentará más debido al alto interés en comparación con las que mantienen los tipos estables. Pero llega el día de la subida de tipos y resulta que la divisa se deprecia, es decir, que los agentes la venden a mansalva. Yo estuve trabajando en una agencia que asesoraba sobre los mercados de divisas durante un tiempo, y la pregunta usual por parte de los clientes siempre era "¿pero no decías que si subían tipos esa moneda se apreciaría?". Sí, contestábamos nosotros, pero como con las expectativas anteriores esa subida ya había sido descontada, al momento de producirse los intermediarios empezaron a vender pues ya no interesaba. Claro que muchas veces uno esperaba que eso fuera exactamente lo que sucediera y entonces ocurría justo lo contrario, pero para reconfortarnos siempre salía el economista listillo diciendo que "las expectativas aún no se habían cubierto del todo". Vamos, que lo mejor que nos pudo pasar fue la llegada del euro y acabar con tanta inestabilidad a nivel europeo, aunque en realidad fue lo peor, pues al final el negocio de asesoramiento tuvo que cerrar.
Cuentan los especialistas en macroeconomía que a la larga las condiciones fundamentales de las economías, de las empresas y de los valores terminan imponiéndose y que, por tanto, a medio plazo la bolsa sube, las entidades financieras cotizan alto y los países con mejores fundamentos económicos tienden a poseer una moneda fuerte. No digo que no, pero con el asunto de las expectativas ese "a la larga" se convierte en la mayoría de los casos en una incógnita difícil de resolver, puesto que para cuando uno recupere el valor de sus acciones a lo mejor ya está muerto. Será que las expectativas no le acompañaron, pero putea bastante la cosa, francamente.
De ahí que, en la vida, lo mejor que se puede hacer es especializarse en ser un profeta de las expectativas. Si se acierta nuestra trayectoria puede ser realmente meteórica, y ahora mismo me estoy acordando de aquella chavala que me gustaba a mí en el colegio y que me dejó tirado por el tío con la moto más potente. Imagino que, en función de las expectativas, el individuo en cuestión en ese momento debía cotizar alto. Y si la chica era tan avispada como parecía, sin duda lo dejó a la que vio que, además de una buena moto, lo importante era contar con una buena cuenta corriente y una fortuna familiar de envergadura (lo que los macroeconomistas llamarían los "fundamentos económicos"). De hecho, cada vez que pienso en ella caigo en la cuenta de que hay muchas mujeres que se han especializado en hacer del arte de las expectativas un modus vivendi que les ha dejado el futuro asegurado. La mayoría del vulgo a eso le llama "braguetazo" pero en el fondo es porque no han estudiado económicas.
Etiquetas: deporte, economía, sociedad
Ich bin ein Deutscher
viernes 20 de julio de 2007 2:00
Espinoso asunto el que voy a tocar hoy. Es sabido por parte de mis lectores habituales que en ocasiones me gusta nadar a contracorriente y que mis buenas reprimendas me gano por ello, pero no es menos cierto que mi dignidad profesional (si se le puede llamar así al mantenimiento de esta humilde bitácora) me impide redactar un post insincero por lo que, ante la tesitura de tener que mantener una postura políticamente correcta o dar rienda suelta a mis emociones más profundas, siempre opto por la segunda opción como gesto de honestidad blogueril. Así pues, toca sincerarme y ahí voy: odio el Tour de Francia. Profundamente además. Vamos, que me da asquito y todo ver a ese montón de tíos sudorosos y vestidos de amarillo pedalear cuesta arriba mientras sacan la minga y se ponen a mear sin bajar de la bici.En general detesto cualquier deporte que no sea el fútbol, y aun así sólo me trago los partidos de mi equipo. Es más, a la que lo eliminan de una competición (la que sea) dejo de seguir esa competición porque me la suda que el equipo revelación de la temporada juegue como los ángeles o que a mi eterno rival le vayan a dar por culo en la próxima eliminatoria. Es que no me interesa lo más mínimo, en serio. Luego están los otros deportes, tipo waterpolo, baloncesto, balonmano, tenis, hípica o cricket, para mí todos en el mismo saco: el del sopor absoluto. O sea, que me quedo frito si veo más de cinco minutos de cualquiera de estos eventos por la tele. Normalmente son carne de zapping en mi casa, incluso cuando hacen los clásicos resúmenes de dos minutos en el telediario del mediodía. Y finalmente llega el grupo de eventos deportivos que me produce directamente aversión, y aquí incluyo a todos los que presenten el formato de carrera. Sea de coches, de motos, de bicis o de galgos, cualquier cosa que implique ver a dos tíos o animales pegándose por llegar el primero a la meta es capaz de sacar lo peor que hay en mí.
Posiblemente la raíz de todo se encuentre en mi falta de espíritu competitivo, el mismo que hace que yo mismo me vete la entrada a cualquier empresa multinacional y que en los tiempos de estudiante me impulsaba a conformarme con el aprobado justito aun sabiendo que merecía un notable. Cuando oigo hablar de la cultura de la meritocracia y de que tal o cual sujeto son unos triunfadores porque tienen cuatro casas y dos cochazos simplemente bostezo. Por tanto, no puedo entender que haya gente que dedique su vida a querer ser el primero en algo. ¿Que se es? Perfecto. ¿Que no se es? Perfecto también. Siguiendo este razonamiento, en principio las carreras deberían dejarme también indiferente, pero aquí existe un matiz importante: así como cuando me encuentro a un fantasma encorbatado en una reunión social puedo cambiar de conversación o directamente de interlocutor sin mayores problemas, en el tema deportivo me resulta extremadamente difícil escapar de las informaciones que rodean a esta clase de competiciones.
Lo de la Fórmula 1 actualmente es el caso más sonado, pues no sólo me lo dan por dos canales simultáneamente durante tres o cuatro horas sino que encima me retrasan el horario del telediario, lo único que veo en casa a la hora de comer. Con lo cual me obligan a apagar la tele o a ver Futurama (razón por la que les estoy agradecido) en la Sexta. Encima, al día siguiente los titulares automovilísticos acaparan portadas y tertulias radiofónicas. Un asco, vaya. Las motos y demás sucedáneos más o menos lo mismo aunque un pelín más reducido, pero con el ciclismo tocamos un punto sensible en mi frágil estabilidad emocional.
La cosa viene desde pequeñito: mi padre solía sintonizar con la Vuelta a España en mayo (recordemos que por aquel entonces se corría antes que el Tour de las narices) y se tragaba los reportajes del mediodía y los resúmenes de la noche. A mí se me metía entre ceja y ceja la musiquilla de los Righeira ("me estoy volviendo loco pocoapoco pocoapoco") y todavía hoy me pongo a temblar y derramo gotas de sudor frío cuando por alguna emisora cazo "La Conga" de Miami Sound Machine. Es como en esas películas de ciencia-ficción en las que a un sujeto se le dispara un resorte cuando oye cierta palabra y se pone a asesinar a todo el que tiene delante. Por unos segundos sufro una recesión mental que me lleva a ver a Perico Delgado o a Indurain pasando a toda velocidad a mi lado y me pongo de los nervios. Horroroso e indescriptible, y sólo comparable a tener que soportar la discografía completa de Manolo García, y aun así me quedo corto. Avanzando en el tiempo, recuerdo un trabajo que me duró algo más de medio año en el que mi compañero era un forofo del ciclismo y me recibía en las tardes de verano con la COPE a toda pastilla y José María García y su moto dando la vara a grito pelado desde el Tourmalet. Como yo volvía de comer y eran épocas de calor, se producían mareos, incomodidad general y digestión pesada en mi organismo, y no precisamente porque el menú del restaurante fuera una porquería, que también. Actualmente me tengo que chupar el Tour en reuniones familiares, cuando visito a mis padres o si voy a casa de cualquier conocido a la hora fatídica. Huelga decir que a la que puedo me escabullo y durante quince días me encierro en casa a hacer la siesta para huir de las imágenes deportivas del momento. Tal es mi aversión al mundo del ciclismo y a la superioridad moral con la que me miran sus seguidores.
Porque ésa es otra: ¿qué tiene el ciclismo que hace que todos digan que es el deporte más duro y puro que existe sobre la faz de la tierra? ¿Que es jodido? Ya me lo creo, ya... Razón de más para que no me taladren con dos horas diarias de sufrimiento ajeno. Mis aficiones masoquistas ya andan sobradamente cubiertas con mi dosis anual de cine 'gore'. ¿Que los protagonistas de sus hazañas deportivas son un ejemplo de moral intachable y de dignidad deportiva? No me hagan reír: tanto dar la vara desde el ministerio con que "si bebes no conduzcas" y éstos van drogados...
Por tanto, leo con satisfacción en los rotativos que en Alemania han dejado de emitir el Tour como protesta por el positivo de uno de sus corredores en uno de esos controles antidóping que últimamente tanto abundan. A mí los motivos que impulsan a la cancelación de la emisión me dan lo mismo, francamente. Pero joder, viendo que es el único país civilizado en el que podré librarme de la plaga ciclista que nos azota durante quince días, creo que en lo sucesivo emigraré al país teutón a pasar mis vacaciones, y que las adelantaré a julio de ahora en adelante. Todo sea por quitarme un trauma de encima.
Etiquetas: deporte, noticias, opinión
¡Milagro!
sábado 30 de junio de 2007 2:34
Ya saben ustedes que la iglesia anda loca por canonizar a Juan Pablo II dado que ha sido uno de los Papas más populares que han tenido en nómina, y en el fondo el Vaticano se rige por los mismos parámetros que una multinacional: si quieres clientela hay que hacer un poco de márketing. Por supuesto, no hay mejor campaña publicitaria que la consistente en demostrar que el anterior Papa tenía dotes de Santo y oficiaba milagros por doquier. Lo que sucede es que, por mucho que han buscado, no han hallado todavía las pruebas concluyentes que ofrezcan el título de Sir celestial al pobre hombre y ahora mismo los del clero andan un tanto nerviosos porque como no encuentren una estátua sangrando rapidito el momento pasará y para cuando lo canonicen ya nadie recordará su cara.Así que la maquinaria buscamilagros se ha puesto en marcha y, miren ustedes por dónde, parece que han hallado una posible salida a su desesperada situación en el lugar del mundo en el que menos se les había ocurrido buscar: las carreras de Fórmula-1. El hecho de que el piloto Robert Kubica haya salido ileso de una colisión cuando iba a 230 km/h supondrá con toda probabilidad la prueba irrefutable de los poderes divinos de Karol Wojtyla. La razón de peso en la que se apoya el clero para corroborar su teoría es que Kubica corría con un casco que llevaba el nombre de Juan Pablo II escrito. Por tanto, si el piloto se salvó de sufrir lesión alguna no fue ni por las medidas de seguridad del circuito, ni por los dispositivos amortiguadores del automóvil, ni siquiera por el hecho de llevar casco. No, lo realmente decisivo es la pegatina papal que el casco llevaba incorporada, y si los demás pilotos se pegan castañas similares y no sufren ni un rasguño será porque en algún bolsillo guardan una estampita de la Virgen (sólo que ninguno lo ha confesado aún).
De hecho no es nada nuevo: cada vez que la iglesia se topa con la ciencia, la hipótesis celestial predomina siempre en caso de conflicto por solapamiento de funciones. Siempre bajo el estricto criterio de los Hombres de Dios, claro. Es decir, que según ellos el tal Kubica supongo que podía haber ido en pelotas, sin casco y lanzarse por un precipicio con su bólido, que mientras llevara tatuado el nombre de algún santo en las nalgas saldría ileso por completo del trompazo. Alguno dirá que es indignante que este tipo de creencias aún subsistan hoy en día pero yo creo que no. Es más, lo único que me extraña de todo esto es que la iglesia todavía no apoye el uso de preservativos para las relaciones sexuales. Si lo hiciera, bastaría con enfundarse uno patrocinado por el Vaticano antes de la cópula para exclamar, al ver que no ha habido embarazo resultante, a todo pulmón y con el miembro erecto: "¡Milagro!"
Me extraña que se les haya escapado una fuente de ingresos tan obvia.
Etiquetas: deporte, noticias, religión



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