Lecciones de la crisis: de la teoría a la práctica

martes 14 de octubre de 2008 0:00

Otro de los comentarios recurrentes (tanto en tertulias radiofónicas como en columnas de opinión) a propósito de la actual crisis financiera versa sobre la mala preparación de los economistas, tanto los que se supone que deben prevenir esta clase de situaciones como los que se han convertido en agentes activos del mercado, comprando y vendiendo en la bolsa o haciéndose con hipotecas de dudosa procedencia desde las más prestigiosas entidades financieras. Irremediablemente todo lleva a la cuestión: ¿de qué han servido todas estas titulaciones de Económicas si al final  los titulados son los que nos han llevado al desastre?

No iré tan lejos como para decir que los títulos de economista los podrían regalar en las tómbolas, que total terminarían haciendo el mismo servicio a la sociedad, pero ciertamente algo de esto hay. Siempre he pensado que en las universidades se enseña demasiada teoría y demasiada poca práctica. Para que nos entendamos: reduciendo las carreras a la mitad seguro que los resultados a nivel laboral serían invariables. Es más, si ponemos a un mandril vestido de traje y corbata en Wall Street y le damos un mando con dos botones (uno para comprar y otro para vender) me jugaría el cuello a que a la larga sus resultados no distan tanto de los de los supuestos expertos en bolsa. Vale, esto es una exageración, pero para mí está claro que la auténtica enseñanza se adquiere con la práctica, y eso me vale para todas las titulaciones, incluso las más peliagudas, como la de cirujano o arquitecto. Ponga a un tío sin estudios pero con ganas de aprender en un taller de arquitectura y verá cómo con los años y un buen Autocad le puede parir la casa de sus sueños; coloque a un manitas sin experiencia al lado de un cirujano plástico y en cuatro días le está haciendo unas liposucciones de lujo. Bueno, eso son dos exageraciones más, pero si tengo que escoger entre un tío sin estudios pero con años de experiencia como asistente y uno recién salido del MIR les aseguro que en caso de operación a corazón abierto me pongo en las manos del primero.

¿Quiere esto decir que las carreras no sirven para nada? Tampoco tanto, pero existe una clara sobrevaloración del título académico por encima de las horas de práctica en la sociedad actual. El sistema se perpetúa gracias a profesores vitalicios con vocación funcionarial, becarios ansiosos de jubilarse en un entorno académico y figuras de cada campo que en la mayoría de las veces hace lustros que no sacan una idea nueva. Lógicamente, el resultado final dista mucho de ser perfecto. Si me apuran, los títulos aún son válidos para los ingenieros de caminos, los arquitectos, los médicos o los abogados. Después de todo, si se cae un puente, se derrumba un ala de la mansión, palma un tío en la mesa de operaciones o se condena a la silla eléctrica a un inocente alguien tiene que perder su título, como cuando te saltas tantas normas de circulación que te retiran el carné. Pero en el caso de los economistas... ¡anda ya!

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Un mundo material

lunes 25 de agosto de 2008 0:00

Que la clase no se compra con dinero es una evidencia sobre la que no hay que dar más vueltas. Que la inteligencia no tiene nada que ver con el estatus social es otra perogrullada de las que hacen época. Que el dinero no compra la felicidad dicen que está demostrado, aunque imagino que dependerá de los casos. Que el físico es un factor aleatorio también queda bastante claro. Por todo ello, habría que asumir que, sobre todo a la que la gente se va haciendo mayor y va teniendo las ideas más claras, el factor monetario no debería intervenir para nada a la hora de juzgar favorable o desfavorablemente a las personas. Sin embargo, ocurre justamente al contrario: cuanto mayores nos hacemos, más alardeamos de nuestras posesiones materiales (los que las tengan) y más ninguneamos los aspectos "espirituales", por llamarlos de algún modo.

Santiago Segura dice que prefiere que las mujeres vayan con él por su pasta antes que por su físico, puesto que lo primero se lo ha ganado con su trabajo mientras que lo segundo viene de un orden genético sobre el que él no pudo ejercer ninguna influencia. Eso lo puede decir él porque es feo de narices y porque, efectivamente, si tiene la cuenta corriente bastante abultada es por las películas que ha rodado. Pero cuando pienso en los ricos herederos que no han pegado palo al agua en su vida no puedo evitar preguntarme qué es lo que hace que el personal los admire tanto. Y no hace falta ir tan lejos: pongamos a un mindundi más o menos acomodado que, con el sudor de su frente y pagando una hipoteca, consigue adquirir una segunda residencia. ¿Qué es lo primero que hace? Enseñarla a todas sus amistades. ¿Para qué? Para fardar, sin duda. Porque sabe que lo van a envidiar. En cambio, que el mismo mindundi sea capaz de entender al cien por cien el Tractatus de Wittgenstein no le otorga la más mínima ventaja frente a la mayoría de los mortales. Bien al contrario, seguro que lo consideran un freak sin remedio.

Lo paradójico del caso es que uno va preguntando y se encuentra con que nadie, pero absolutamente nadie, reconoce que el factor monetario pesa a la hora de escoger sus relaciones sociales. No sólo eso, sino que encima suele criticarse al pudiente a la que asome un mínimo punto débil ("mucho dinero pero es idiota", "se ha casado con una pelandusca", "qué mal gusto al decorar la casa", etc). Eso sí, a la que esta clase de personas convocan una fiestorra en su redil hay cola larga para apuntarse y todos le ríen las gracias. De lo cual se desprende que somos todos unos hipócritas de cuidado y que andamos metidos en una carrera de galgos sin remedio para ver quién llega a la meta con el mayor número de billetes verdes en el bolsillo. Teniendo en cuenta que al final sólo unos pocos lo lograrán, ¿no sería más lógico, aunque fuera por interés propio, dejar de admirar a los ricos y centrarnos más en los demás aspectos del individuo? O, puestos a ser materiales, quedémonos en la belleza física, que al menos es interclasista. Por mi parte, yo ya he tomado unos pasos para el cambio de mentalidad: ahora ya no me fijo en las pijas, salvo que tengan las tetas gordas.
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Reforma educativa radical

jueves 5 de junio de 2008 0:00

Por primera vez en mi vida, hoy he acudido al supermercado y no he tenido que firmar ningún papel al pagar con tarjeta. Simplemente me han dirigido a un diminuto pedestal con una pantalla táctil en la parte superior y me han hecho estampar mi garabato con el clásico palito propio de las PDAs. Acto seguido, la máquina registradora ha escupido el ticket de compra con mi firma incorporada electrónicamente. Fascinado por esta nueva maravilla tecnológica, me he puesto a cavilar sobre cuánto tiempo debe faltar para que incluso este sistema tan innovador quede desfasado. Imagino que para cuando la identificación del poseedor de la tarjeta se haga mediante comprobación de huella dactilar o de iris ocular, es decir a la que las entidades financieras actualicen sus bases de datos. Diez-quince años, a lo sumo.

Y entonces he caído en la cuenta de que en breve la escritura quedará obsoleta. Si ya nos quitan incluso la firma, en pocos años la caligrafía no servirá para nada, auguro. Personalmente, cada vez utilizo menos los lápices y los bolígrafos: en el trabajo para emitir los cheques, básicamente, y hasta no hace mucho garabateaba mis notas en Post-its, pero desde que he descubierto las Sticky Notes (algo que ya existía en Linux desde hace lustros) incluso mi consumo de pegatinas amarillas se ha visto reducido a la nada más absoluta. Los albaranes los hacemos por ordenador, los mails obviamente (¿alguien recuerda los sellos de correo?), los mapas los genera el Google Maps, las fotos vía Photoshop, y así con todo. Mi proveedor habitual de material de oficina no para de llamarme, escamado por si he emigrado a la competencia, y la semana pasada me confesaba que sus demandas de papel han caído en picado de un tiempo a esta parte. Lógico, pensé yo, si en cuatro días ya nadie sabrá escribir...

Lo cierto es que esta última frase puede parecer una tontería pero no lo es. Entre tanta pantalla táctil, tanto móvil inteligente y tanto teclado inalámbrico llega un punto en el que en casa los únicos trastos que sobran son el bloc de notas y el lapicero. ¿Por qué hay que seguir enseñando a los niños desde el parvulario a pintarrajear y a escribir, si para cuando lleguen a la facultad ya habrá un micro inteligente que captará las palabras del profesor y las transcribirá en los apuntes electrónicos? ¿Para qué martirizarlos con lo de mejorar el trazo y lo de ser zurdos o diestros si en cuatro días lo único que distinguirá a los de derechas de los de izquierdas será la configuración del ratón o la mano que usan para pulsar las opciones de su pantalla táctil? Y eso si no prospera aún más rápidamente el software de reconocimiento de voz: ni manos necesitaremos. ¿No sería más eficaz enseñar a los infantes a manejar el Paint a la hora de rellenar de colorines los dibujos de los globitos y el elefante? Ahora que todo el mundo habla de las reformas educativas, de las terceras horas y demás, sería el momento adecuado para una propuesta arriesgada de estas características. Más que nada para poder decir con voz nasal: "¿la caligrafía? Es taaaan 'siglo veinte'"...

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